Érase un adolescente a un móvil pegado

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Los tiempos que corren me han evocado ese célebre soneto de Quevedo titulado “Erase un hombre a una nariz pegado”.

Sin duda alguna, el móvil, como tantas otras innovaciones tecnológicas, nos han facilitado la vida cotidiana. Pero, ¿a qué precio?

Y no me refiero sólo al precio económico, que también.

En la actualidad, cualquier padre se encuentra sometido a una presión muy grande por parte de los hijos que no quieren quedarse al margen por no tener un móvil adecuado que les represente ante sus amigos.

Hay que tener mucha confianza y seguridad en uno mismo para ir a contracorriente y no ceder a esta presión social que, en otro tiempo, tal vez el del mismo Quevedo, se definía como: tanto tienes, tanto vales.

Hoy más que nunca TENER se ha convertido en un equivalente del SER, aunque sea más costoso de adquirir. Los jóvenes compiten entre ellos por el último modelo de móvil pues, desde siempre se ha sabido que la posesión y exhibición de determinados objetos nos incluyen en un determinado grupo social o ideológico (las modas en el vestir son un buen ejemplo de esto). Nos damos a conocer a los demás por medio de emblemas que nos dan identidad.

Teniendo esto en cuenta, no es de extrañar que en la adolescencia, que es la etapa de la vida en la que la identidad está más puesta a prueba, abunde tal exhibición de signos externos que nos reafirman  en nuestra pertenencia a determinado grupo, bajo cuyas alas nos resguardamos para tratar de superar nuestras inseguridades naturales.

Si los padres no pueden transmitir a sus hijos lo relativo que es esto, alientan una desenfrenada carrera hacia la posesión de objetos que calman la ansiedad de N0-SER-TODAVÍA que caracteriza  la vivencia del adolescente.

La presión de tener se ha transformado en un TENER QUE TENER  como respuesta a algo que pasa a ser tomado como una NECESIDAD más.

Y la obligación de tener se está transformando en una obligación de ESTAR: hay que estar, sobre todo, conectado; si no, no estás.

Pero, paradójicamente, cuanto más conectado se está, más desconectamos de nuestro entorno inmediato.

Así, llevamos una vida paralela a la que normalmente desarrollamos. Trabajar, estudiar o cualquier actividad se ven continuamente interrumpidas por el RECLAMO de los mensajes que nos llegan al móvil.

Difícilmente se puede uno RESISTIR a saber qué nos quiere decir el otro aunque estemos con amigos, en una clase, en el trabajo o descansando. Ni siquiera comiendo nos desprendemos del móvil.

Así usado, el móvil se parece a aquellos Tamagochis de hace unos años, que nos atormentaban pidiéndonos constantemente atención, no pudiéndonos descuidar sin sentir remordimientos pues, si no se les prestaba atención, morían (¡cuantos niños no han sufrido esta tiranía!).

Semejante es la relación que el uso indiscriminado del móvil denuncia: si nos DESCONECTAMOS, morimos, como en aquella interesante película titulada “Matrix”, que denunciaba una dependencia extrema que impedía todo movimiento.

¿Qué decir del uso que nuestros escolares le dan al móvil?

Dentro de estas coordenadas que estamos comentando, se lo ponemos muy difícil al pedirles que CONTROLEN su uso cuando la situación es de dependencia. Ahí., ni los castigos ni la pérdida temporal del móvil ni las notas en la agenda contienen suficientemente las ganas de saber a quién le interesamos o qué se están diciendo fulano y mengana.

Afortunadamente, esto no es la tónica general pues, salvo excepciones, la atención en las clases es normal.

Me contaban unos padres que, preocupados y enfadados con su hija adolescente que se pasaba el día colgada del móvil (con la consiguiente sorpresa en su factura), habían decidido retirárselo. La hija protestó pero finalmente aceptó que sería así y siguió su vida sin el móvil. Al cabo de algunos días, su hija les confesó lo bien que le había venido semejante medida porque, con la distancia, era capaz de ver lo condicionada que estaba su vida por el uso (abusivo) del móvil. Ella lo sabía pero se veía incapaz de hacer nada por sí misma para cortar con esta situación.

Desde el colegio, lo que se indica es el “AQUÍ, AHORA NO”, pero la vida del adolescente continúa cuando sale del mismo y el uso del móvil tendrá que estar regulado por otras voces que le indiquen “CÓMO, DÓNDE Y CÚANDO” es pertinente dicho uso.

No hacerlo así es dejar al adolescente muy SOLO ante la gran presión social, que le “habla” desde muchos sitios y le “reclama” su atención.

Volviendo al principio, son tantas las aplicaciones útiles de una herramienta como el móvil para nuestra vida que no podemos más que reconocerlas. Sin embargo, esta facilidad de llevarlo siempre encima y de estar disponibles nos arrebata ese poco tiempo libre que nos permite disfrutar del pensamiento sin obligaciones.

Ese tiempo, aparentemente perdido, es necesario para que vayan apareciendo ideas que se van madurando poco a poco y nos permitan dar forma a nuestros deseos que le aportan sentido a la vida.

Teodora Liébana.
Responsable del Programa de Educación para la Salud.
(Artículo publicado en el periódico del Colegio Base de Madrid).

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