Escuchar con otros ojos

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«Creo que aquello en lo que nos convertimos depende de lo que nuestros padres nos enseñan en pequeños momentos, cuando no están intentando enseñarnos. Estamos hechos de pequeños fragmentos de sabiduría«. 

Umberto Eco. “El péndulo de Foucault”.

“Tenemos dos orejas y una boca; escuchar el doble de lo que hablamos” 

(Talmud)

Querido maestro:

Tal vez este curso te encuentres con que, entre tus alumnos, una niña o un niño vive en acogimiento residencial o familiar. Y tal vez, también, nunca te hayas encontrado antes con un alumno así.

O, peor aún: puede que sepas algo del tema y no precisamente bueno.

Suele suceder que a los niños en acogimiento les precede cierta fama de alumnos complicados, difíciles.

Y tú, querido maestro, eres quien recibe y acoge desde primeras horas de la mañana a los niños que necesitan educación y formación.

Una tarea preciosa, digna, que necesita de tu entusiasmo y, en muchas ocasiones, de un sobreesfuerzo ante el desprestigio del que eres objeto en algunas ocasiones..

Esta guía que tienes en tus manos pretende ser una ayuda para ti y, como consecuencia de ello, para los niños que viven en acogimiento y que recibirán el beneficio de tu comprensión.

Es sabido que el aprendizaje, para que se dé, tiene que pasar por la relación con el profesor, la buena relación, que permite que el niño se interese por cosas arduas, difíciles y, en muchos casos, alejadas de sus intereses inmediatos.

Sabemos que la relación, el vínculo de afecto y confianza que se establece entre el alumno y el profesor, proviene o deriva del primer vínculo afectivo con los padres.

Y que, en muchas ocasiones, es más eficaz esa buena relación que el método de aprendizaje. O dicho de otro modo, el método sin un vínculo emocional y afectivo para alcanzar el saber no es un método sino una simple imposición.

Entonces, teniendo en cuenta tu deseo de saber y de enseñar y transmitir conocimientos del mundo y aprendizaje para la vida, te proponemos que dediques un poco de tiempo para pensar sobre el acogimiento familiar y residencial.

Acogimiento Familiar y Residencial

El Acogimiento Familiar

Es una figura legal que ofrece la posibilidad de que un menor que no puede estar con su familia biológica por razones variadas, pueda vivir en otra familia que cuide de él-ella, ofreciéndole comprensión, cuidados, cariño y atención.

Te encontrarás en tu clase, por tanto, con un niño que tiene un sufrimiento: haber tenido que salir de su entorno familiar de origen para insertarse en un medio familiar nuevo que dé respuesta a sus necesidades, que le ayude a desarrollarse en un entorno favorable para que pueda confiar en sus posibilidades y cualidades, que están en potencia pero que necesitan el clima adecuado para florecer.

Por qué se toma esta medida legal

Una vez que los Servicios Sociales detectan dificultades o impedimentos en el cuidado y atención del niño, o la propia familia expresa su imposibilidad de hacerse cargo de ese niño-a, éstos quedan protegidos por la Comunidad de Madrid. Y pueden estar protegidos en situaciones diferentes.

Diferentes medidas de protección.

Guarda

Algunos niños están en guarda. Esto quiere decir que están en espera de que se compruebe si su familia biológica puede ocuparse de ellos de nuevo, habiendo superado las dificultades que dieron lugar a que se tomara la medida de guarda.

Algunas de estas dificultades pueden ser la de estar en la cárcel, o carecer de recursos económicos y personales para darles un trato adecuado, por sufrir crisis o problemas mentales, porque se desencadene una situación de violencia, directa o indirecta, que deja  a los hijos desprotegidos.

Tutela

Hay otros niños que están tutelados porque sus padres no se pueden hacer cargo de ellos de una manera permanente, después de un tiempo de comprobación de sus posibilidades reales o porque, desde el principio de la medida, la Comunidad o el juez así lo consideran necesario por la situación de indefensión en la que se encontraban éstos niños.

Algunos de estos alumnos, querido maestro, provienen de Centros, es decir, están en acogimiento residencial y, si se considera adecuado, se les propone una salida con una familia de acogida cuando se comprueba que la vuelta con su familia de origen no es posible ni a corto ni a medio plazo.

Acogimiento Residencial

Un niño desprotegido entra en un Centro donde va a vivir un tiempo indeterminado.

Lo primero que se cuida es el vínculo ya creado del niño con sus familiares. Por eso se trata de que ese apartamiento necesario del entorno familiar, no suponga una ruptura de esos vínculos ya existentes, siempre que no exista una razón de peso para ello (que se trate de un entorno maltratador o dañino en algún sentido para el niño).

Este vínculo no siempre es positivo, pero es el único que el niño tiene y hay que respetárselo y contar con él en este momento de tránsito pues, hasta que no establezca nuevos vínculos con sus nuevos cuidadores (educadores del Centro), esa será su referencia vital.

A menudo sucede que el niño es apartado bruscamente de este núcleo familiar sin que entienda bien las razones de ese apartamiento, lo que es vivido por el niño como una separación traumática.  De repente, el niño se encuentra en un ambiente desconocido, con personas desconocidas y que tampoco le conocen a él y esto hace que se sienta en una tremenda soledad.

Es fundamental, entonces, que otro cuidador, que no es su familia, recoja la situación y establezca con él lo antes posible un lazo a través del cual el niño se encuentre asistido para superar ese sentimiento de soledad y de abandono.

De los vínculos que pueden establecerse, con los educadores y, posteriormente, con los padres acogedores, depende el buen desarrollo y la buena evolución del niño-a.

Acercarse a este mundo interno tan intenso, en el que el sufrimiento y la esperanza van de la mano, no puede hacerse sin detenernos un tiempo para poder comprender lo que le sucede al niño.

Este pequeño texto,

elaborado por un grupo de profesionales que trabajan en diferentes lugares de la Comunidad de Madrid atendiendo y escuchando a los niños, pretende ser un apoyo para la reflexión y la comprensión.

No pretendemos dar pautas o consejos repetidos y vacíos de contenido.

Queremos o deseamos que de su lectura surjan preguntas y reflexiones sobre lo que pensamos y hacemos con los niños en todos los ámbitos en los que trabajamos con ellos.

Y la escuela es, sin duda, un lugar fundamental para su avance y desarrollo psicológico y social.

Después de esa reflexión o elaboración personal es cuando podremos decidir cómo actuar y sobre qué cuestiones intervenir.

Sabemos que el desconocimiento sobre el acogimiento residencial y familiar da lugar a ideas equivocadas y a prejuicios que influyen en la atención que los niños reciben en la escuela.

Como se señala en la Guía que la Junta de Andalucía ha editado recientemente, la equivalencia entre niño de Residencia y peligrosidad sigue siendo uno de los prejuicios más difíciles de erradicar.

En esa misma guía se señalan algunas pautas de intervención para la adaptación e integración del niño acogido en la escuela.

De todos modos, el objetivo del escrito que tienes en tus manos, querido maestro, se detiene en el momento anterior a algunas de esas medidas; se trata, como señalábamos antes, del momento de la reflexión para comprender más y mejor lo que le sucede al niño que necesita de nuestro acompañamiento en los momentos más duros y dolorosos de su vida.

La relación entre comprender al niño y la intervención con él es necesaria y fundamental para cumplir con el objetivo prioritario de todos los que trabajamos con la infancia: el interés superior del niño y no el nuestro.

A través de reuniones de coordinación con directores y profesores de escuelas e institutos para hablar de los niños y sus dificultades en el aula, hemos recibido en muchas ocasiones una misma demanda: no sabemos nada del acogimiento y no sabemos qué les sucede a estos niños.

Cuando hemos acudido a algún centro escolar y hemos escuchado la visión del profesor o profesora sobre el niño, casi siempre relacionada con el comportamiento y la conducta, esa visión cambia cuando le hablamos de su origen y su historia.

No se trata de justificar nada por dicho origen o dicha historia, ni mucho menos; se trata, sin ninguna duda, de comprender, de ampliar nuestra mirada sobre el niño. ¡Y vaya si cambia esa mirada!

Este pequeño escrito, decíamos, tiene una doble intención:

  • informar y
  • clarificar algunas cuestiones que atañen específicamente a la situación del acogimiento.

 

Hay que advertir, desde el comienzo, que al niño que vive en régimen de acogimiento familiar o residencial le pasan las mismas cosas que a cualquier otro niño; tiene los mismos problemas y está expuesto a sufrir los mismos conflictos.

 

Tal vez, la única particularidad sea la frecuencia con la que el niño de Acogimiento Residencial  y Acogimiento Familiar está expuesto a la intensidad de los imprevistos en la vida de su familia biológica.

 

Pero si, como sabemos, siguiendo al famoso pediatra y psicoanalista inglés D. Winnicott, todo acontecimiento, todo hecho en la vida de un niño tiene repercusiones psicológicas -que no quiere decir psicopatológicas-, esto supone que el efecto que éstas tengan no depende solo de la situación real que ha dado lugar a la medida de protección, sino también del modo que el niño elabore esas repercusiones.

 

Esta elaboración particular y personal atañe al modo en que el niño da una respuesta interna a los hechos, a los acontecimientos de su vida.

 

La diferencia, entonces, si es que en rigor podemos hablar de diferencia, estaría en la repetición, en la frecuencia repetida de esos hechos.

Por ejemplo: la aparición y desaparición de una madre que, sin previo aviso y sin información posterior, deja al niño en una situación de espera, dando lugar a una situación de misterio y no solo de incertidumbre en el niño.

 

El misterio asusta y paraliza al niño, mientras que la incertidumbre genera una cierta ansiedad, pero también la posibilidad de preguntar y preguntarse.

 

En este sentido es en el que queremos ayudar a desterrar tantos prejuicios que siguen considerando al niño de Acogimiento Residencial y Acogimiento Familiar como niños con más problemas.

 

También otros niños, fuera del régimen de Acogimiento Residencial y Acogimiento Familiar, pueden estar en situaciones de riesgo, abuso, maltrato y desatención, y no nos referimos solo a niños que puedan vivir en la pobreza o en condiciones difíciles de subsistencia, también a niños “abandonados” en jaulas de oro.

 

Entendemos que, en algunos casos, la escuela y los profesores estén precavidos cuando reciben a niños del sistema de protección, teniendo en cuenta el desconocimiento sobre dicho sistema de protección y los prejuicios sobre el mismo.

 

También existe la idea de que, al pasar de Acogimiento Residencial al Acogimiento Familiar, el niño YA tuviera que solucionar todo, poder con todo, sentirse agradecido y olvidar su pasado, o que éste no le afecte.

 

Esta es una idea más extendida de lo que pudiera parecer, creyendo que la implementación o puesta en marcha de una medida es ya la solución misma.

Dicho de otro modo, no hay, no existe la magia del Acogimiento Familiar.

 

Es por esto por lo que nos parece importante distinguir entre:

 

.-informar y

 

.-clarificar

 

.-Informar que la puesta en marcha de una medida no es la solución si no el inicio de un proceso de vida familiar diferente para el niño.

 

.-Clarificar que, precisamente por la atención que se le presta al niño con el acogimiento, la aparición de los problemas propios de la convivencia familiar, de la relación entre hermanos y la posible aparición de los conflictos paterno-filiales son la posibilidad de que el niño exprese y muestre en un lugar de confianza su malestar y sufrimiento presente y pasado.

 

Malestar y sufrimiento del niño que, anteriormente, han tenido que ser soportados en silencio o mostrados mediante mal comportamiento y mala conducta.

 

La atención que un niño recibe hace que lo que antes era ocultado y apartado de la vida cotidiana para poder sobrevivir, ahora sea o pueda ser:

 

.-expresado y necesitado de acogida.

 .-necesitado de contención.

 .-necesitado de comprensión y explicación.

 

Todos al nacer estamos en situación de desamparo, necesitamos que el Otro nos acoja con sus manos y nos abrace. Y así sucede en la mayoría de los niños.

Pero puede ocurrir que ese Otro materno, ese primer Otro que tiene que cumplir esa función totalmente acogedora, falle, no pueda o no sepa o no quiera; es entonces, cuando el niño no sólo queda en situación de desprotección por su dependencia del adulto, sino en situación de niño dejado, caído y necesitado de una nueva protección.

 

Diremos entonces que hay una diferencia entre:

.-el desamparo básico en el que todo ser humano se encuentra al nacer y necesita del Otro.

Y ese Otro puede o no prestar amparo.

 .-la desprotección reiterada en la que puede quedar el niño por el descuido de sus padres. La protección implica incluso la defensa del niño de los posibles riesgos y peligros en los que se encuentre.

Aquí nos encontramos con que algunos niños que están en esa situación, están desprotegidos y hay que tutelarlos.

Uno de nuestros objetivos con este trabajo es Compartir una mirada diferente hacia el niño, una mirada diferente de aquella que la que pueda estar llena de prejuicios.

Una mirada que nos permita un acercamiento al alumno como la que suele tener el maestro y no tanto la figura del profesor superespecializado y profesionalizado que se fija más en la enseñanza de los aspectos técnicos sin tener en cuenta los  aspectos humanos y personales del niño.

Sabemos de la dificultad y complejidad en la que hoy se encuentra la educación; sabemos de la gran diversidad de razas, culturas y problemas derivados de la integración con los que nos encontramos todos.

Pero, también sabemos que, en muchos casos, se trata de atender y enseñar a los alumnos con una ilusión y un deseo que a veces parecen perdidos.

Intentamos con esta información y clarificación recuperar el espíritu por el cuidado y la educación de los niños y, en relación a los niños de acogimiento, tanto residencial como familiar, un añadido de deseo por conocer quiénes son, qué les sucede y qué no les sucede.

 

Proponemos, de entrada, mirar al niño de otro modo.

Otra mirada que también cuestiona las frases hechas o los lugares comunes de los que también abusan otros profesionales que trabajan con niños.

 

Por ejemplo:

 ¿Qué queremos decir cuando decimos al niño: tus padres no te pudieron cuidar?

 ¿Dónde pone el acento el niño: En  “no”, en “te” o en “pudieron”?

 No es lo mismo, ni mucho menos, poner el acento o sufrir el efecto en un lugar o en otro.

 

Parafraseando un estupendo cuento del novelista Raymond Carver, “De qué hablamos cuando hablamos de amor”, nos preguntamos también nosotros,

 

¿De qué hablamos cuando hablamos de acogimiento?

 Teniendo en cuenta que, para todos nosotros, profesores, educadores o terapeutas, escuchar es la regla fundamental de nuestro trabajo, el título no podía ser otro que el que le hemos dado: escuchar con otros ojos.

 Ya sabemos que, en este mundo rápido y global, los términos, los conceptos y las ideas se toman y se tragan sin digestión, dando así lugar a un empleo indiscriminado y sin sentido.

Así, el término escucha, y más concretamente, escucha activa, se encuentra en todos los proyectos, en todas las propuestas de trabajos psicológicos y sociales; ahora bien, no puede haber escucha sin tiempo.

Observamos que decimos con frecuencia que hay que tener una escucha activa cuando en realidad no nos hemos dado el tiempo -no solo cronológico- ni los medios necesarios para que se revele lo que el niño tiene que decir.

 Afirmaremos, entonces, que la herramienta fundamental de nuestro trabajo es la escucha.

 Y más concretamente:

 la escucha frente a la precipitación de los diagnósticos.

 Decimos precipitación porque, no sólo la sociedad de hoy impone diagnósticos, si no que los educadores de las residencias, los padres acogedores y los profesionales en general se sienten exigidos a tener que dar o hacer con el diagnóstico lo que no se sabe porque no ha habido tiempo para la reflexión.

El título de este trabajo, pues, hace referencia a nuestro deseo de darnos más tiempo para la observación -la mirada- de lo que le pasa a un niño, es decir, su sufrimiento y su malestar, y no tanto la precipitación del diagnóstico que excluye dicho sufrimiento y malestar.

Como lo que queremos es transmitir a padres, profesores y colegios la experiencia de nuestro trabajo, no pretendemos ser teóricos, aunque sin duda hay que referirse a cuestiones teóricas de vital importancia para comprender de qué estamos hablando, pues de lo contrario administramos recetas sin saber su contenido y sus efectos; por eso trataremos de ejemplificar, siempre distorsionando los elementos para guardar el secreto profesional, con casos que nos permitan ver tanto la parte teórica y clínica como la parte práctica de qué podemos hacer y no hacer.

 

Algunos niños en Acogimiento Residencial:

 

Víctor

Es un chico de 11 años, de origen guineano. El proyecto de inmigración obligó a su madre a buscar trabajo como asistenta de hogar interna, de lunes a sábado.

Víctor pasaba esos días solo o al cuidado de distintas personas, inquilinos en el domicilio familiar.

El Equipo de Infancia y Familia municipal propone una medida de guarda en acogimiento residencial para Víctor, medida que su madre acepta.

Unos meses después, su madre da muestras de verdadera preocupación por la situación de su hijo y abandona su trabajo como interna y se dispone a encontrar otro trabajo con horarios compatibles con el cuidado y la atención hacia su hijo.

Se va incorporando poco a poco a la vida de su hijo, mediante la aceptación y colaboración de los diferentes acompañamientos (medico, colegio, fines de semana, vacaciones escolares,…).

Víctor pone de manifiesto el adecuado vínculo con su madre y ésta manifiesta una respuesta adecuada a las necesidades de su hijo.

Así, el proyecto de trabajo está orientado hacia la reunificación familiar a medio plazo (24 – 36 meses)

 

Paloma

Es una niña de 8 años.

Su madre inició hace años un proyecto de inmigración doloroso, ya que padece una grave enfermedad crónica, que trasmitió a su hija desde su embarazo.

Abandonada por el padre de su hija, trata de rehacer su vida en España.

El Equipo de Infancia y Familia municipal valora adecuada una medida de guarda.

La madre, poco a poco, es capaz de reponerse frente a las adversidades: entra en relación terapéutica y se incorpora a un proyecto de inserción laboral.

Como resultado de este proceso, encuentra trabajo que le permite regularizar su residencia y también el de su hija.

Durante cinco días a la semana trabaja como asistenta de hogar interna.

Durante el fin de semana se hace cargo de su hija.

Recientemente ha sido madre por segunda vez.

Busca trabajo con horario compatible para el cuidado de sus hijos.

El vínculo de Paloma con su madre le resulta nutricio y por su parte, su madre, responde a las demandas y necesidades de su hija.

Se trabaja para la reunificación familiar a medio plazo (24 – 36 meses)

 

Juan y Daniel

 

Juan (13 años) y Daniel (10) son hermanos.

Su padre falleció de manera muy traumática hace tres años.

Su madre sufre adicciones (alcohol, cocaína).

 

Ambos hermanos han sufrido violencia familiar hasta el fallecimiento del padre.

Hace escasamente dos años, fueron tutelados y continúan la atención terapéutica como víctimas de violencia familiar.

 

Su madre ha mostrado un comportamiento muy ambivalente frente al compromiso de tratamiento ambulatorio para sus adicciones.

Encontró un buen trabajo que, finalmente, ha tenido que abandonar.

 

La salud mental de los niños preocupa al Equipo Educativo.

Hace algunos meses, los tíos paternos solicitaron visitas.

Los chicos salen de vez en cuando el sábado con su familia extensa.

 

El mayor opone mucha resistencia a esta relación, motivada por su miedo a perder la relación con su madre.

El pequeño lo acepta pero advirtiendo que no se va a ir a vivir con sus tíos,  pues ni tan siquiera han aceptado pasar unos días de vacaciones en verano.

 

Su madre acaba de ingresar en una clínica para desintoxicación y posterior deshabituación.

Sus hijos han vivido este episodio como la resolución de sus problemas familiares con la esperanza puesta en la reunificación familiar inmediata, descartando cualquier otra alternativa.

 

Por su parte, su madre nunca ha aceptado cualquier alternativa a la reunificación familiar.

 

Los chicos expresan su deseo de permanecer en acogimiento residencial hasta lograr la convivencia definitiva con su madre, negándose a cualquier otra posibilidad.

 

Algunos niños en Acogimiento Familiar.

 

Nuria

 

Nuria es una niña que muestra síntomas de inadaptación a su familia acogedora: tiene rabietas cuando se va a acostar, le cuesta asearse y siempre protesta cuando su acogedora acude a casa de amigos y familiares.

 

Para la acogedora, Nuria es chantajista y no es posible “gestionar con ella”, según palabras de la acogedora.

Plantea una lucha de igual a igual y señala que, llegado el momento, si la niña no cede, tal como ella sí lo hace, puede cesar en el acogimiento.

 

Trabajando con la acogedora estas cuestiones de “gestionar” y de hacerle ver que no se puede estar en el mismo lugar o al mismo nivel que la niña, responde que le está estropeando la vida y que antes ella no estaba así.

Es el momento, entonces, de señalar que se está confundiendo el desencadenamiento de un problema para ella con la causa del mismo.

Es decir, que ponemos en el niño como causante de nuestro malestar algo que no sabemos y, muchas veces, cuando ocurren estas situaciones, ni queremos plantearnos ni reflexionar sobre nosotros mismos.

 

Aquello que se ha desencadenado en nosotros y que no reconocemos como propio porque afea nuestra imagen, lo achacamos al niño y consideramos, entonces, que él es quien nos causa esto que no nos pasaría si no estuviera él.

 

Esto es algo muy común y cotidiano en el funcionamiento humano; la diferencia es la intensidad y la frecuencia con que esto puede suceder cuando se trata de un niño y las consecuencias que tiene en su evolución y desarrollo emocional y afectivo.

 

Valdría lo mismo para un profesor que estableciera una relación en el mismo nivel de rivalidad con un alumno.

 

Luis

 

Los acogedores de Luis, un niño de nueve años, no ven ningún avance en el ámbito escolar que no sea el resultado de las notas.

Aunque desde el colegio y la terapia se les señalan otros aspectos que van cambiando y mejorando, los acogedores consideran o interpretan que eso es un modo de ganar atención y no de un verdadero cambio.

 

Entramos, en estos casos, en momentos en los que hay que trabajar a nivel familiar el modelo educativo en un niño que, no lo olvidemos, está en proceso de acogimiento y en el que hay que tener en cuenta las particularidades de ambos: niño y acogedores. En este caso, las particularidades son  el tiempo del niño y la rigidez en los planteamientos educativos de los acogedores.

 

No se trata, ni mucho menos, de consentir o consentirle, sino de comprender y evaluar bien de qué problemas se trata para que no pueda mejorar en el aprendizaje.

 

Y esta mejoría no puede ser completa si los acogedores difieren en el diagnóstico.

 

Laura

 

Una de las labores del acogedor, según el estatuto, es la de mantener una buena relación (real o imaginaria) con los padres biológicos del niño.

 

No se trata de llevarse bien, se trata, eso sí, de respetar y no juzgar la historia del niño.

Podemos, en todo caso, no estar de acuerdo con los actos de los padres biológicos, pero no podemos juzgarlos como personas.

 

Así, los acogedores de Laura, refieren que ella puede terminar como sus padres, en la calle, si no estudia ni se comporta como es debido.

De este modo, los padres de Laura son, para los acogedores, unas personas con las que no debería identificarse en ningún aspecto.

Proponemos atender a los niños teniendo en cuenta tres momentos:

 

1.-Observación: que incluye  la mirada y la escucha.

 

Nos referimos de este modo al momento en el que recibimos una primera información del niño y debemos observar atentamente quien es el niño que está dentro de toda esa información, el sujeto que es depositario de la misma, aquel que, a veces sin darnos cuenta, dejamos fuera de la mirada y las preguntas para referirnos a él con lo recibido en los papeles, los informes, los tests.

 

2.-Comprensión: que lleva asociada la Elaboración de lo que le pasa.

 

Es el momento en el que la colaboración y la coordinación entre los diferentes profesionales es imprescindible. Colaboración y coordinación entre todos los profesionales que atendemos al niño.

Es necesario recurrir a la teoría y a los diferentes esquemas referenciales con los que contamos, pero no para hacer erudición ni intelectualizar sobre el niño, sino todo lo contrario: usar la teoría para poder avanzar en el entendimiento y la comprensión de lo que le sucede.

 

No puede haber puesta en común entre los miembros de los diferentes equipos si no hay referencia a las teorías generales del desarrollo evolutivo ni al conocimiento de la dinámica, la evolución y la estructura mental del niño, que la psicoterapia puede aportar.

 

3.-Propuesta terapéutica: es decir, la Intervención más adecuada a su situación personal y de acogimiento familiar.

 

Intervenir no es solo hacer psicoterapia; intervenir es cualquier acto que tiene por objetivo situar al niño en el centro de lo que queremos lograr.

 

El interés superior del niño quiere decir que son sus propias palabras, mediante las entrevistas directas, mediante los dibujos y los juegos, las que nos guían en la orientación del plan de trabajo individual de cada niño.

 

Para nosotros, la palabra que define el resultado final de este trabajo es:

 

Aportación.

 

Este trabajo es una aportación. No puede ser de otro modo pues consideramos que cuando lo que nos guía es, como hemos señalado anteriormente, “el interés superior el niño”, cada uno de los profesionales que le atiende es una parte y no un todo único y absoluto que ostente la solución.

 

Pero se trata, precisamente, de hacer entre todos un Otro lo más coherente posible, como modo de dotar al niño de un Otro que durante su primera infancia ha dado muestras de capricho, abuso o incongruencia en sus atenciones y cuidados.

 

Sin duda, esta consideración implica de inmediato que la coordinación entre los diferentes profesionales y dispositivos que trabajan con el niño es fundamental.

 

Coordinación.

 

Una coordinación que nos llevará a trabajar entre todos mediante reuniones, supervisiones, sesiones clínicas y grupos de trabajo para que podamos decir que estamos realizando una verdadera atención, es decir, aquella que nos dote de un mínimo esquema referencial común y operativo -tomando el término de la psicología social de Enrique Pichon Riviere- frente a las individualidades.

 

Hemos observado que en los niños que viven en régimen de Acogimiento Familiar y Acogimiento Residencial, las dificultades escolares representan un conflicto que se convierte en un síntoma, en ese síntoma escolar, precisamente.

 

Síntoma que debe ser escuchado y atendido en toda su dimensión, pues no se refiere -en la mayoría de los casos- a problemas de inteligencia sino a problemas más complejos en los que la historia del niño tiene una vital importancia.

 

Tenemos de este modo, el eje central de nuestra consideración del problema: la dificultad de articular los problemas educativos con el sufrimiento psíquico, tal como señala Anny Cordie, autora del libro: “Los retrasados no existen”.

 

En nuestro trabajo diario, distinguimos:

 

.-los conflictos con los que el niño llega, tanto a un acogimiento familiar como residencial.

 

.-los conflictos que se crean en el vínculo con los acogedores o con los educadores.

 

¿Qué venimos observando a lo largo de los últimos años?

 

Por un lado, que las dificultades escolares cada vez aparecen antes y son etiquetadas de forma abusiva con los diagnósticos de TDH y Déficit de Atención.

 

Por otro, que dichas dificultades escolares, como otras propias del desarrollo evolutivo, no ceden en lo que se conoce en psicología del desarrollo con la etapa de latencia, si no que pareciera que esta etapa hubiera desaparecido y hubiera  una continuidad entre la infancia y la adolescencia.

Esto es corroborado con frecuencia por educadores de acogimiento residencial.

 

Del mismo modo, sucede también que los acogedores se quejan de que no hay tregua, no hay descanso con el tema de los deberes, o más bien con la negativa a hacer los deberes.

 

El niño empieza pronto a negarse a estudiar y a hacer deberes, y los profesores y  acogedores se agotan en su intento de hacerle cumplir con la obligación de hacerlos.

 

Por supuesto, los profesores también se agotan, se cansan y abandonan al niño a su suerte.

 

Hay incluso terapias que echan a los niños que no cumplen con los objetivos propuestos.

 

Desde nuestro punto de vista, habría que hacer un trabajo de reflexión sobre los diferentes puntos de una secuencia que, en su momento más extremo, termina con el cese del acogimiento

Hay que aclarar que la mayoría de los acogimientos funcionan con la normalidad de cualquier relación familiar.

Aquí nos estamos refiriendo a las situaciones más conflictivas, las que nos exigen más reflexión, más comprensión y coordinación.

Pero también es de estas situaciones conflictivas de las que podemos aprender más.

 

La secuencia sería la siguiente:

 

1.- Comienzo temprano de las dificultades escolares en el niño.

 

2.- Los acogedores se hacen cargo -en exceso- de dichas dificultades.

 

3.- Los acogedores se empeñan en hacer que el niño cumpla con los deberes.

 

4.- Los profesores exigen y solo exigen cumplir los deberes.

 

5.- El niño entra en una escalada ya no de negativa sino de comportamiento y de conducta.

 

6.- Los acogedores quieren corregir ese comportamiento o conducta.

 

7.- El niño no responde a dicha corrección: ni por palabras ni por ayuda terapéutica.

 

8.- La relación, el vínculo entre acogedores y acogido, se resiente.

 

9.- Las dificultades escolares dejan de ser el problema.

 

10.- El comportamiento del niño pasa a ser la causa de todo.

 

11.- Comienza la búsqueda de un diagnóstico neurológico.

 

12.- Exista o no causa neurológica, la terapia es farmacológica.

 

13.- Las dificultades escolares continúan y se ha añadido un problema en el vínculo.

 

14.- Los acogedores no se sienten queridos ni correspondidos.

 

15.- La secuencia ha derivado hacia una relación especular, entre iguales, lo que supone a veces la ruptura, el cese del acogimiento, o la expulsión del colegio.

 

Otra mirada

 

No diremos fracaso escolar sino más bien dificultades en el entorno escolar, que pueden ser:

 

.-dificultades en el aprendizaje

.-dificultades en la clase

.-o dificultades derivadas del retraso madurativo

 

El término fracaso escolar es más amplio y se ve como algo muy negativo, pero en realidad se entiende por fracaso escolar en un niño cuando lleva un desfase curricular de dos años.

 

Ahora bien, desde nuestro punto de vista, se trata de no dirigir el foco únicamente hacia lo escolar y poder mirar hacia otros aspectos de la vida del niño.

 

El conflicto viene de otro lado y lo escolar es solo su síntoma.

 

Cuando todo el conflicto se pone en lo escolar, las resoluciones se intentan también en ese terreno.

Todas las medidas se ponen ahí, pero hay un problema previo, del que debemos hablar y sin el cual no se comprende bien el malestar y el sufrimiento del niño:

 

¿Qué conflicto previo es el que afecta al niño?

 

Una quiebra, una fractura que se produce en su mundo interno y que le dificultará en el proceso de socialización.

 

Si tenemos en cuenta lo que puede estar pasando en el mundo interno del niño, podemos acercarnos a él y desde ahí tratar de atenderle y comprenderle de otro modo.

Si, por el contrario, prima la cuestión de los diagnósticos, entonces estamos dejando de lado el malestar y el mundo interno del niño.

 

En el colegio, el niño necesitará comprensión y posterior explicación sobre lo que le está pasando, pero, sobre todo, necesitará que todos los profesionales que le atienden consideren su dimensión de sujeto que piensa y tiene algo que decir sobre lo que le ha pasado en su vida.

 

En este sentido, desde los diferentes Centros o Residencias, es frecuente que los técnicos de las mismas convoquen Jornadas de puertas abiertas para que los profesores conozcan la realidad de la vida de sus alumnos.

 

La experiencia es productiva porque los profesores empiezan a conocer al niño de otra manera: conocer el entorno en el que viven, conocer, a partir de la información de sus educadores, el sufrimiento y el malestar que les ha causado la imposibilidad de ser atendidos por sus padres, es un modo de conocer al niño de forma humana y no técnica

 

Es un modo también, según observan los educadores, de anticiparse a la aparición de posibles conflictos, y es un modo de comprobar que los profesores ya no llaman solamente al Centro o Residencia para decir que el chico se ha portado mal, sino que llaman también para decir que han encontrado triste al niño y se preguntan qué ha ocurrido para esté así.

 

Que los profesores den otra respuesta nos indica que algo ha cambiado ya en el modo de mirar al niño.

 

Es una manera de comprobar cómo el niño es colocado en un lugar de consideración y respeto hacia su propio dolor y es un modo de protegerle ante él mismo y no solo ante los demás.

 

Todos estamos de acuerdo en que la relación del alumno con el profesor y de éste con el alumno pasa por una corriente de afecto que, sin ella, se convierte en una relación puramente académica.

 

Todos hemos dicho la frase “con tal profesor o profesora, el niño aprende y hace todo lo que se le pide, mientras que con tal otro o tal otra, es imposible”.

 

Sabemos, ya lo hemos señalado anteriormente, que cualquier método, por muy bien fundamentado que esté, fracasa si la relación, el vínculo entre el alumno y el profesor está deteriorado.

 

Esa relación es el motor del aprendizaje y la educación. Sin vinculación, no hay educación posible.

 

Y es, precisamente, el buen manejo de esa relación lo que hace que la educación de sus resultados y el aprendizaje sus logros.

 

Si primero fueron los padres los modelos a seguir, ahora son los profesores con todo aquello que nos pueden enseñar, tanto para el aprendizaje como para la vida.

 

El profesor se encuentra ante el niño y dependiendo del lugar que le otorgue: niño diagnosticado o niño que sufre y necesita comprensión; dependiendo de ese lugar, decimos, así le incluirá o le excluirá de la clase y del grupo.

 

Sentirse parte de la comunidad educativa es imprescindible para dar sentido a lo que se aprende.

 

El cambio en la mirada que algunos niños observaron en sus educadores,

 

les sirvió para sentirse comprendidos y respetados en el tiempo necesario para elaborar sus conflictos y su historia:

 

Manuel

 

Entró a la residencia con 6 años. Tiene una historia familiar muy complicada, con mucha violencia y maltrato parental.

Vivía en su mundo, casi siempre ausente en sus juegos.

Tenía una puesta en escena “muy loca”, pasaba de la ausencia a la rabieta con gran descontrol de impulsos. Nunca se le vio “como loco”, sino como un niño sufriente, con una vida y experiencias muy complicadas.

No se le estigmatizó ni medicó.

Salió con su familia biológica 4 años después, tras un intenso trabajo de educación y terapia familiar.

14 años después de su salida de la residencia, con 24 años, le cuenta a sus antiguas educadoras:

 

“Yo era difícil, estaba en mi mundo. Mirándome las uñas, que me calmaba. Ahora sigo en mi mundo, pero ahora pongo un pie en la tierra, antes no podía con las cosas que me pasaban en la familia. Yo ahora estudio. Entonces solo podía tocarme las uñas, que me calmaba”.

Claro, tenía que calmarse

Ahora estudia. Estudia filosofía, escribe poesía y toca en un grupo de rock.

 

Luis

 

Llegó a la residencia con 9 años. Tuvo una vida de maltrato desde su nacimiento.

Maltrato por parte de su madre y consentimiento por el resto de la familia nuclear y extensa.

Todos le veían “como un monstruo” que amenazaba a la madre y muy probablemente fuera capaz de matarla.

En la residencia vemos un niño maltratado, frágil y con un gran sufrimiento, pero a la vez con un potencial enorme y una gran resiliencia.

Actualmente tiene 28 años. Salió del sistema de protección con 18 años a una vida independiente.  Ha estudiado y trabajado y se sabe capaz de luchar por lo que se proponga.

Siempre dice que el primer recuerdo que tiene de la residencia cuando llegó con 9 años fue la mirada de bienvenida de la educadora. Sintió que se le daba una oportunidad de ser feliz.

 

Vemos con esos ejemplos que la clave, en muchas ocasiones, está en Acompañar y no tanto en intervenir.

 

Estos conceptos no son vacíos, son conceptos que suponen un cambio de posición en los profesionales que atienden a los chicos.

 

Así, en el caso anterior, si el problema de las uñas hubiera sido entendido como un síntoma a corregir, como a veces sucede con una mirada solo profesional, no hubiera hecho más que añadir malestar a un niño que necesitaba ese síntoma porque se calmaba.

 

Con esto queremos decir que no podemos corregir y cambiar todo lo que le pasa al niño porque no se ajuste a lo normal estadístico o a lo normal frente a lo patológico. Tenemos que intentar corregir o cambiar aquello que le causa conflicto al niño, aquello que le impide o le dificulta para otras cosas de la vida.

 

Es muy importante señalar el valor de mensaje que todo síntoma tiene.

 

Un valor que hay que poner en relación a toda la historia pasada y presente del niño. De lo contrario es un síntoma sacado de contexto.

 

Y aun más, si ya es difícil que los niños y los adolescentes expresen lo que les sucede, pues más bien lo muestran, tenemos que tener en cuenta que en los niños de acogimiento familiar y acogimiento residencial, las peticiones de ayuda suelen ser complicadas de verbalizar.

 

En este sentido, tenemos que hacer un esfuerzo todos nosotros para ir un poco más allá de lo meramente comportamental y buscar en dónde se quedó trabado el niño que no logra avanzar.

 

Y si antes nos preguntábamos sobre cómo les afectaban los conflictos y no solo los síntomas con los que dichos conflictos se expresaban,

ahora podemos preguntarnos:

¿Donde se quedó trabado el niño?

 

Cuando hablamos de un desarrollo normal, siguiendo a los autores más clásicos como Winnicott o Bolwy, siempre decimos que es necesaria una frecuencia y una continuidad en los cuidados, en la atención, para que el vínculo entre la madre y el niño se desarrolle.

 

Winnicott emplea la expresión “madre suficientemente buena”, aquella madre que sabe anticiparse, en cierto modo, a las necesidades del niño.

 

Pues bien, podríamos decir que la madre de los niños de acogimiento familiar y residencial ha sido una madre no suficientemente mala, pues de lo contrario el niño no habría sobrevivido.

 

Ha sido una madre que ha deseado que su hijo viva, lo cual es, para F. Dolto, prueba inequívoca de cómo un niño se dota de una madre que le deseó.

 

Tenemos, pues, al niño deseado para que viva, pero con unos cuidados maternos incompletos o insuficientes para el buen desarrollo.

 

Pensamos que el niño que ha pasado por esa situación necesita unos cuidados reparadores que le pueden proporcionar los educadores del Centro Residencia, hasta que los padres biológicos se recuperen, o unos padres acogedores que se ofrezcan para esa labor.

 

Alguien, pues, tiene que ayudar al niño a hacer un puente entre sus padres y él mismo, entre él mismo y los demás.

 

El acogimiento, los padres acogedores juegan de este modo un papel importantísimo: hacer de enlace, de puente o de tránsito entre el niño y su familia, para el retorno o para la continuidad de su proceso de vida, de su proyecto individual.

 

La madre no suficientemente mala, que le ha transmitido el deseo de vida y que sigue queriéndole, pero no sabe atenderle, podríamos decir que no ha sabido leer bien sus necesidades, sus pulsiones y sus deseos.

 

Sería necesario y muy conveniente que, a lo largo de su desarrollo, el niño se encontrara con otros padres, otra familia, otros educadores y profesores que, precisamente, supieran leer lo que su madre o su padre no han sabido.

 

Sería un modo de evitar el diagnóstico precipitado, el diagnóstico que ya es un lugar común en la vida de los niños en el entorno escolar: el déficit de atención y la hiperactividad.

 

Cuando escuchamos a un niño que dice que él toma tal medicación porque así se porta bien, entendemos que algo estamos haciendo mal entre todos, pues hemos vuelto contra él un diagnóstico que ha hecho patológico lo que, de entrada, es malestar y sufrimiento.

 

Volvamos a lo que antes señalábamos de la fantasía bastante extendida de que un niño en una residencia o en una familia acogedora YA debería de ser suficiente para solucionarlo todo y no tener ningún problema.

 

Continuar la atención y los cuidados de un niño desde el punto en el que se quedó trabado, implica para él enfrentarse a un signo de amor, pero dado por otras personas diferente a sus padres.

 

Esta situación no deja de tener consecuencias, una de ellas, la más frecuente, es la expresión de rabia por no ser cuidado por quien cree que debería serlo.

Parece obvio que sean los acogedores o los educadores, por ese lugar que ocupan, los que reciban las consecuencias de dicha rabia.

 

Si el niño no puede mostrar sentimientos de rabia y odio a sus padres, algo que es normal en el desarrollo humano, puede hacerlo contra sí mismo o contra sus acogedores.

 

Si a partir de aquí solo miramos el comportamiento, estamos dejando fuera lo esencial del niño.

 

Es entonces cuando hablamos de la necesidad que el niño tiene de una incondicionalidad del Otro, sean los padres acogedores o los profesores.

 

El niño debe sentir que el Otro estará ahí siempre; debe comprobar que hay un sitio para él en la familia y en la escuela.

 

El Otro, entonces, tiene que hacer al niño confiable pues ha perdido la ilusión que se genera a través del vínculo de amor con la madre.

 

La ilusión de educadores, profesores y padres también es necesaria para acompañar al niño en el tramo que va desde donde se quedó trabado en la relación con su familia hasta el proyecto individual con el que trabajemos con él.

 

Para el acogimiento residencial y familiar pensamos que es necesario una buena y sólida formación para el trabajo con los niños, pero no sirve solamente una formación intelectual, es necesaria una formación que incluya algo más, algo que poner a disposición del niño: se llama ilusión y disfrute con nuestro trabajo.

 

¿Cómo vamos a querer al niño, a creer en algo suyo si no queremos nuestro trabajo y no creemos en lo que hacemos?

 

No es el niño quien tiene que reportar al educador o a los acogedores algo para que se sientan recompensados, sino ellos los que tienen que situarse donde les corresponde para desde allí hacerle un lugar al niño: un lugar en su deseo y en su proyecto.

 

¿Cómo situarse ante todo esto?

 

Si el niño muestra un problema en sus deberes escolares, una dificultad en la comprensión, el educador o el acogedor se encuentra ante la disyuntiva de entender solamente un problema escolar o, por el contrario, incluir otros aspectos de su vida emocional.

 

El lugar desde el cual mirar al niño, la distancia con la cual leer su situación, nosotros la entendemos como la distancia que hay entre querer cambiarle y corregirle a querer que el niño desee algo para su vida.

 

No es lo mismo, entonces, querer a un niño, a un alumno, a un hijo, que querer cambiarle, corregirle y reeducarle.

 

El lugar que uno ocupa tampoco es el mismo, según quiera una cosa u otra.

 

Y la figura de autoridad, tan cuestionada en estos tiempos, se tiene o no en función de ocupar un lugar u otro.

 

La autoridad que se genera por la seguridad que se le otorga al niño no es la misma que la autoridad que se le exige al niño para que nos reconozca como tal.

 

Podríamos diferenciar entre maestro y profesor, entre cercanía y profesionalidad excesiva.

 

De todos modos, se trata de compartir la situación actual de la infancia, de los niños que han sufrido el abandono y el maltrato, y que dependen de nuestra comprensión y nuestra mirada para no ser inmediatamente diagnosticados y etiquetados.

 

La necesidad de un mayor tiempo para la comprensión de sus historias nos permitirá, sin duda, implementar medidas más adecuadas para su evolución y desarrollo.

 

De lo contrario, podemos seguir comprobando cómo el malestar del niño sigue su curso, mientras él suspende el curso escolar.

 

El presente escrito es el resultado del trabajo de un Grupo de Estudio, de frecuencia mensual, que se viene realizando desde hace años en la sede del Centro de Psicoterapia Reguilón.

 

Durante estos años hemos trabajado sobre diferentes aspectos relacionados con el Acogimiento Familiar y Residencial.

 

Durante los dos últimos años, el Grupo de Estudio ha estado dedicado a reflexionar sobre la relación entre la clínica y la educación.

 

El presente escrito es fruto de este trabajo.

 

Este grupo está formado por los siguientes integrantes:

 

Teodora Jiménez. Educadora de la Residencia El Arce Rojo.

Teodora Liébana. Psicóloga Clínica del Centro de Psicoterapia Reguilón.

Pilar Martín. Directora de la Residencia Infantil El Valle

Javier Morales. Director de la Residencia Infantil de Parla

Teresa Pérez. Psicóloga de la Residencia El Arce Rojo

Ángela Roales. Psicóloga del Equipo de Maci-Madrid.

Concepción Rubio. Directora de la Residencia El Encinar

Vicente Varela. Director de la Residencia Infantil Rosa

José Antonio Reguilón. Coordinador del Grupo de Estudio

 

 

 

 

 

 

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